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30 Nov Bullying: el virus del acoso escolar en las aulas

En los últimos años se han incrementado los casos de acoso escolar

 

¿Quién es el culpable de este problema y cómo podemos empezar a solucionarlo?

 

Uno de cada diez alumnos confiesa haber sufrido acoso escolar a lo largo de sus años de estudiante. Por ‘bullying’ o acoso escolar entendemos el acoso físico (empujones, zancadillas, palizas…) o psicológico (insultos, vejaciones, robos, manipulación, amenazas, marginación…) al que un alumno es sometido de forma continuada por varios compañeros de clase. Aunque nos parezca exagerada ésta palabra, es realmente una tortura.

 

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Las excusas para ejercer ésta dominación son varias: sobrepeso, uso de gafas, sobresalir en exceso por buenas notas, tener una orientación sexual o identidad de género diferentes al resto, pertenecer a otra comunidad religiosa que no sea la católica, tener alguna discapacidad física o intelectual… Es difícil enumerar todas, principalmente porque determinados alumnos son capaces de acosar a otro compañero incluso por el simple hecho de “mirarle mal” o cruzarse un mal día en su camino.

 

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Todo esto tiene unas consecuencias nefastas en el menor, no sólo las heridas físicas por las palizas, sino también heridas emocionales que cicatrizan con muchísimo dolor. Se inicia con temores a asistir al colegio, nerviosismo, tristeza, comportamiento solitario, y deriva en trastorno por estrés postraumático, depresión, dificultad a la hora de establecer nuevas relaciones sociales…

No hay que irse muy atrás en el tiempo para ver ejemplos de acoso escolar en nuestro país. Por citar algunos ejemplos de estos últimos meses en titulares de prensa:

– Detenidos cuatro menores de un instituto de Segovia por acoso escolar
– El teléfono contra el ‘bullying’ detecta casi 1000 casos en los primeros 21 días.
– Investigan la paliza a una niña de ocho años en un colegio de Palma
– Circula un vídeo de una pelea entre quinceañeros organizada en O Cantiño

Si nosotros mismos rebobinamos y nos situamos en nuestra etapa escolar, podremos recordar perfectamente algún suceso de acoso escolar en nuestro propio colegio, del que podremos haber sido (o no) partícipes, incluso como protagonistas. Quizá pensemos que podríamos haber hecho algo por ayudar a ese compañero que sufría continuas vejaciones por parte de los “matones” de clase. Quizá creamos que los profesores miraban hacia otro lado por no meterse en problemas con la familia del agresor. Quizá incluso guardásemos silencio por no acabar siendo otro “marginado” de clase o evitar que uno de esos puñetazos acabara en nuestra cara.

 

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¿Tienen la culpa los propios alumnos de éste comportamiento?

 

Si nos preguntamos si realmente un niño o una niña nacen con esa predisposición a dañar emocionalmente a sus compañeros, lo cierto es que no podemos señalar al propio alumno como raíz del problema. El acoso escolar nace de una combinación de influencias de la sociedad, los medios de comunicación, el sistema educativo, los propios padres y finalmente el carácter del joven.

Vivimos en una sociedad donde desde muy pequeños nos presionan para ser perfectos, exitosos, para destacar por encima del resto incluso pisando al más “débil” si es necesario. En vez de lanzar mensajes de compañerismo y cooperatividad, nos bombardean con intereses individualistas que fomentan la competitividad y la “ley del más fuerte”. A esto podemos sumarle la influencia significativa del poder de los medios, que de manera constante inundan las redes con mensajes violentos, a los cuales tienen fácil y rápido acceso los menores.

 

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A día de hoy, la mayoría de menores posee un ordenador y móvil propios desde los cuales acceden directamente a las redes sociales y servicios de mensajería como Whatsapp, teniendo un cómodo método con el que practicar ese acoso desde el más absoluto anonimato. Debido al escaso control parental que hay sobre estos dispositivos, es muy complicado detectar y detener la cadena de insultos y vejaciones que se genera en torno a una víctima. A esto añadimos el desconocimiento de los menores del alcance de sus acciones; por ejemplo, el envío de fotos íntimas a amigos o pareja, material que puede ser usado en su contra para ejercer control y acoso sobre esa persona.

 

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En determinados colegios, los profesores e incluso directores se desentienden de estos temas, por falta tanto de formación como de implicación. Ven este acoso como “peleas de críos” y le restan importancia. ¿Cómo pueden normalizar una reyerta en la que una niña de ocho años acaba en un hospital?
Los propios padres acosan también al entorno educativo para que sus hijos salgan impunes (no se aprecia al docente con la misma autoridad o poder con el que se identificaba años atrás) No ven la gravedad de los hechos, probablemente porque muchos de ellos dan una pobre educación en valores en el contexto familiar. A veces también nos encontramos con hogares disfuncionales donde los niños están acostumbrados a vivir con una violencia regular en casa que acaba empapando la personalidad del menor.

 

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Por último, ¿hay menores que nacen con esa predisposición a la violencia y a la dominación? Cada persona tiene un carácter, pero siempre que haya recibido una correcta educación en cada uno de los puntos anteriores, no debería desembocar en ese comportamiento tan agresivo con quien considera diferente.

 

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Precisamente suele coincidir que los jóvenes que practican el acoso escolar contra compañeros, tienen una baja autoestima y complejos no superados, que de algún modo proyectan machacando al prójimo para intentar vencer esa debilidad propia. Suelen presentar también ausencia de empatía, con lo cual son incapaces de ponerse del lado del acosado y desarrollar una total insensibilidad al sufrimiento ajeno. En este sentido, no sólo tiene culpa el propio agresor: también son partícipes del acoso el resto de alumnos que asisten impasibles al “espectáculo” e incluso jalean e incitan al agresor para no sentirse desplazados y acabar también como víctimas. Probablemente si éste séquito no apoyara ni siguiera al acosador, se sentiría desplazado y cesaría de molestar a la víctima; al recibir el apoyo de sus compañeros, su conducta se ve reforzada y “premiada”.

 

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¿Cómo de grave es éste asunto?

 

Meses atrás, un grupo de alumnos de entre doce y catorce años golpearon en un recreo a una niña de ocho años, la cual terminó ingresada en un hospital por el riesgo de las heridas. La llamaban gorda y gritaban que las niñas “no valían para nada”. Hace aproximadamente un año, un adolescente transexual, Alan, se suicidó por no poder hacer frente a la presión por el acoso escolar y social que sufrió durante años por tener una identidad de género diferente. Ya había conseguido cambiar el DNI, pero no pudo soportar los continuos ataques que recibía (incluso habiendo cambiado de centro) A principios del mes de noviembre de este año, un menor de 12 años se suicidó también presuntamente por acoso escolar, dejando una nota a tres compañeros de clase. Aun así, su centro educativo negaba la existencia de incidencias hacia ese menor.

Al encontrarnos con unas situaciones tan desoladoras, tan límites, con hechos de esta extrema gravedad, sólo nos queda pararnos y pensar cómo podemos erradicar ésta enfermedad que se expande por las aulas de nuestro país y que infecta el cerebro de los más jóvenes.

 

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¿Ha existido siempre el acoso escolar?

 

Sí, por razones que hemos explicado más arriba. Y, realmente, casi siempre ha sido por las mismas causas y con el mismo comportamiento por parte de los agresores. ¿Podemos erradicarlo? Suena utópico, pero es posible (aunque complicado). No depende sólo de nuestra propia buena voluntad; debemos centrarnos en cambiar el sistema educativo y en, de alguna forma, evitar que los medios lancen determinados mensajes dañinos sobre nuestros niños, adolescentes y jóvenes (autorregulación de ciertos contenidos).
En el mes de noviembre se puso operativo un teléfono contra el acoso escolar (900 018 018) y diversas asociaciones españolas están llevando acabo acciones educativas en los centros para formar tanto a docentes como alumnos. Esto no es la panacea contra el acoso escolar, pero son pequeños pasos, diminutos granos de arena que poco a poco van conformando una montaña contra todas esas circunstancias que motivan el ‘bullying’.

 

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No restamos importancia al papel de los padres, que deben apostar por una educación democrática y no autoritaria, en la que se de voz al niño a la vez que es consciente de determinados límites en su comportamiento. Y, por supuesto y quizá lo más importante, enseñar a los menores a quererse a sí mismos, a tener una fuerte autoestima con la cual sepan amarse y apreciarse incluso con sus propios defectos, porque así aprenderán a respetar los de los demás.

 

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